
Hay una anécdota interesante en cuanto cómo nos hemos encargado de ir pasando nuestra cultura de una generación a otra y de cómo se hacía antes. Los medios por los que la cultura se difunde son, hoy por hoy, de primera importancia. ¿No me creen? Veamos, el año pasado en AbaJournal escribieron acerca de una historia interesante, una gran colección de discos de jazz habían sido rescatados de un particular que estaba a punto de tirarlos y fueron adquiridos por el Museo Nacional de Jazz de los EEUU. El gran problema es que aunque las grabaciones pueden ser digitalizadas antes de que se deterioren, muy poca gente podrá disfrutarlos porque están en una situación complicada de derechos de autor.
Esto por poner un ejemplo, pero Benjamin Edwards explica que en estos momentos está sucediendo algo parecido con las creaciones de software -o incluso peor. Por ejemplo, consideremos las primeras generaciones de software comercial que era distribuido usando floppys, discos flexibles o disquetes, como les llamamos en español. Según Wikipedia (y para aquellos jóvenes que no los conocieron):
Un disquete o disco flexible (en inglés floppy disk o diskette) es un medio o soporte de almacenamiento de datos formado por una pieza circular de material magnético, fina y flexible (de ahí su denominación) encerrada en una cubierta de plástico cuadrada o rectangular.
Este tipo de dispositivo de almacenamiento es vulnerable a la suciedad y los campos magnéticos externos, por lo que, en muchos casos, deja de funcionar con el tiempo.
Como nos explican, los disquetes guardan su información en un disco de plástico especialmente tratado para mantener cargas magnéticas. Pero con el tiempo, las cargas se hacen más y más débiles, hasta que la información se pierde por completo.
Además de eso, los creadores de software en los ochentas se encargaban de poner todo tipo de trabas para que sus productos no pudieran ser copiados, desde tener que usar extensiones de hardware para que funcionaran hasta introducir intencionalmente sectores corruptos en los discos. Así que crear respaldos no era cosa sencilla.
Por suerte estos eran la clase de retos que cualquier amante de la tecnología en aquella época amaba, y algunos lo siguen haciendo. Es por eso que con mucho esfuerzo algunos entusiastas siguen preservando estas muestras de cultura en peligro de extinción, transfiriendo estas piezas de software de medios viejos de almacenamiento a medios nuevos.
De hecho, en su artículo, Edwards habla de que hoy en día hay muchos entusiastas que se juntan en foros o páginas especializadas en Internet para compartir y juntar grandes colecciones de software para máquinas vintage, como la Commodore 64 (un saludo a Jorge Pinto) o las Apple II, por poner un ejemplo. Es increíble la cantidad de abandonware que podemos encontrar en Internet. A través de este proceso se ha creado una vasta librería «undergraund» de software que a pesar de ser relativamente nuevo, se siente como si fueran los archivos perdidos de una antigua civilización.
El gran problema de todo esto es que bajo las viejas y aburridas leyes de copyright (¡bu! ¡buuuu!) todos estos respaldos que aseguran la supervivencia de estos trozos de cultura, son ilegales. La desición es difícil, obedecer las leyes de copyright y ver cómo décadas de cultura tecnológica se pierden en sus disquetes y discos duros obsoletos, o salvarlos y romper la ley en el proceso.
Pero esto no es algo que sólo pase con software viejísimo o computadoras que sólo unos cuantos fanáticos tienen. Es algo que está pasando ahora mismo.
En el artículo toma un ejemplo que todos conocemos. La iTunes App Store, un repositorio con cientos de miles de apps, cientos de miles de trozos de cultura digital que está siendo controlada por una compañía, que cuando cierre (o cuando deje de darle soporte a apps viejas, para no entristecer a todos los fans de Apple), el acceso legal a todas esas aplicaciones desaparecerá. Y si tienes alguna pieza de software “vieja” en tu iPhone, por ejemplo, esta desperecerá cuando el mismo deje de servir, cosa que pasará, porque está hecho para dejar de servir un día. O incluso, algunas aplicaciones se perderán cuando sus desarrolladores dejen de pagar los 100 dólares anuales que permiten que sus apps estén en la tienda.
Esto es gran problema que no sólo aplica al mundo de las computadoras y el software, sino también a todas las expresiones artísticas que estén sujetas al DRM. La única manera de preservarlas para que la disfruten las futuras generaciones es si los mal llamados «piratas» hacemos respaldos, pirateamos el arte. Porque el DRM es una garantía de olvido, la duración del copyright es desproporcionalmente larga y a muy pocos les va a importar romper el DRM para hacer copias de creaciones digitales olvidadas cuando sea legalmente permitido.
Hay una llamada a la acción que se me hace muy interesante por parte de Edwars y que trato de traducir sin alteraciones; creo que es un mensaje poderoso-
Si ven que el DRM y la protección de copia pone en peligro la preservación de la historia, peleen contra esto: copien el trabajo, manténganlo seguro y eventualmente compártanlo.
Algunos pensarán mal de sus esfuerzos ahora, pero están en el lado equivocado de la historia; nadie que viva dentro de 500 años te va a juzgar por infringir leyes absurdas cuando puedan cargar un programa viejísimo y verlo ellos mismos.
Y tiene razón ¿no estarían los historiadores felices de ver muchas piezas perdidas de historia? ¿No hubieran dado todo por ver los códices, escritos, tablillas o cualquier archivo o información de antiguas civilizaciones?
Cualquier reclamo que la gente tenga sobre la piratería hoy, no será útil para la posteridad. No es cierto lo que la industria quiere que pensemos: la piratería no sólo no atenta contra la cultura, sino que -a largo plazo- la piratería será indispensable para la preservación de la cultura.
La cultura quiere ser libre.
Imagen vía Fanboy, en el festival de Computación Vintage del Este 6.0
Exelente artículo, como siempre Zapata, muy interesante.
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Pero que acertada y minuciosa forma de ver la vida y las cosas, que sería de miles y miles de obras literarias (por señalar un ejemplo) sin esa gente osada y algunas veces desinteresada que copia y distribuye el trabajo del otro, la mayor de las veces sin adjudicarse el título? Quien sería Cervantes o Shakespeare? Quien pueda tomar la Iliada de Homero en sus manos sabrá bien de lo que trata este artículo, o que ni acaso las editoriales al Imprimir esos textos no crean copias “piratas” de los mismos? No, se escudan bajo el prescepto de que es literatura universal… Por que no pensar igual para todas las creaciones humanas? La visión mezquina de unos cuantos mutila y menosprecia la importancia de preservar un registro de nosotros mismos, de hacer saber quienes fuimos en un futuro lejano, todo ello con el sólo afán de llenarse los bolsillos.
Te felicito por tu articulo.
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