En 2011 se cumplen 66 años de las explosiones en Hiroshima y Nagasaki y el fantasma nuclear luce más vivo que nunca. La existencia aproximada de 10 mil artefactos de destrucción masivos activos distribuidos en una docena de países, así como las reciente catástrofe en el reactor de Fukushima dejan en claro que el tema será pertinente aún por mucho tiempo.
Este año también vio morir al último veterano de la Primera Guerra Mundial, con él se extinguió el último vestigio de memoria viva en torno a la primera guerra mecanizada de la actual civilización global. En un mundo donde un niño de 10 años ve en promedio 140 muertes violentas en televisión al día, la guerra y sus devastadoras consecuencias parecen diluirse en la intensa representación realista, pero superficial, de los videojuegos de última generación.
Por ello, el reciente resurgimiento de la polémica en torno a las filmaciones en color de Hiroshima y Nagasaki parece más trascendente que nunca.
Su historia y la historia de su censura se confunden, tal y como explica Greg Mitchell, autor de Atomic Cover-up: Two US Soldiers, Hiroshima & Nagasaki, and The Greatest Movie Never Made, libro que detalla la historia de las filmaciones:
“Las grabaciones en color del ejército estadounidense permanecieron ocultas hasta los primeros años de la década de los ochenta y nunca han sido transmitidas en su totalidad. Incluso ahora, 28 mil metros de película sin editar con la etiqueta #342 USAF aún permanecen almacenadas en los Archivos Nacionales de College Park, en Maryland.”
A mediados de los setenta, varios activistas antinucleares japoneses, liderados por Tsutomu Iwakura, descubrieron algunas imágenes de estas filmaciones, ya que los militares norteamericanos las habían requisado casi en su totalidad. Los activistas lograron rastrear cientos de secuencias entre los archivos y colecciones privadas y lograron publicarlas en un libro que resultó muy popular, en 1979 las montaron en una exposición en Nueva York.
Eventualmente, 200 mil ciudadanos japoneses contribuyeron con medio millón de dólares e Iwakura pudo comprar el carrete #11010, que había sido recientemente desclasificado. El carrete contenía secuencias denominadas, por ejemplo: “Escolares sordos y mudos, efectos de la explosión, daños comerciales, daños al terreno, demoliciones varias.” Iwakura entonces viajó por todo Japón filmando los testimonios de diversos sobrevivientes y rápidamente completó un documental llamado Profecía, que a finales del verano de 1982 tuvo su premiere en Nueva York.
No fue sino hasta 2004 que se realizó una producción de lado estadounidense, el documental Original Child Bomb, dirigido por Carey Schonegevel, exhibido en el Tribeca Film Festival y ganador del premio Silverdocs, el cual poco después se estrenó por televisión en el Sundance Channel.
Sin embargo, estas filmaciones en color aún están esperando el documental de gran presupuesto que relate a detalle no sólo su existencia, sino su posterior censura.
Vía: The Nation